domingo, 20 de septiembre de 2009

Clásicos Gerenciales VII

Clásicos gerenciales
Y, y, y, y, y, y, y…


Juan Carlos Caramés / jcarames@cantv.net

Asomándose en una esquina de mi cuaderno borrador, sobre mi escritorio, hay una nota que el tiempo ha ido doblando y tiñendo de amarillo. Como esas notas que nunca se guardan, sino que están allí para recordarnos muchas cosas buenas.

Es una tarjeta de mi madre que contiene sólo cuatro oraciones, pero con el suficiente impacto como para cambiarme la vida para siempre.

En ella elogia sin condiciones mi habilidad para escribir. Cada oración irradia amor y muestra ejemplos específicos de lo que mi búsqueda ha significado para ella y para mi padre.

La palabra “pero” nunca aparece en la tarjeta. En cambio, la palabra “Y” se encuentra en una media docena de veces.

Cada vez que la leo, que es casi todos los días, me pregunto si yo hago lo mismo con mis hijos. Me he preguntado cuántas veces les he puesto “peros” a ellos, y a mí, amargando la felicidad del momento.

Odio decir que es con más frecuencia de lo que me gustaría admitir.

Aunque nuestro hijo mayor solía sacar en su libreta de calificaciones buenas notas en todo, nunca hubo un semestre en el que no hubiera por lo menos un maestro que sugiriera que hablaba demasiado en clase. Siempre olvidé preguntar si él estaba mejorando el control de su comportamiento, si sus comentarios contribuían a la discusión en desarrollo o estimulaban a hablar a un niño más callado. Pero eso sí, llegaba a casa y lo saludaba con un: “¡Felicidades! Papá y Mamá están muy orgullosos de tus logros. ¿Pero podrías tratar de moderarte en clases?”

Lo mismo sucedía con nuestra hija menor. Al igual que su hermano, es una adorable, brillante, elocuente y amistosa niña. Ella considera que el piso de su habitación y el cuarto de baño son parte de su clóset, lo que ha hecho que le diga más de una vez: “Sí, ese proyecto es grandioso, ¡pero limpia tu cuarto!”

He notado que otros padres hacen lo mismo. Escuchen algunos comentarios: “Toda la familia se reunió para Navidad, pero Pedro se retiró temprano para jugar su nuevo juego en la computadora”. “Ganó el equipo de jockey, pero Carlos debió haber hecho ese último gol”. “Luisa es la reina del regreso a clases, pero ahora quiere un montón de bolívares para comprar un vestido nuevo y zapatos”.

Pero, pero, pero.

Por el contrario, lo que aprendí de mi madre es que si uno en verdad quiere transmitir amor a sus hijos, debe cambiar y empezar a pensar “y, y, y, y, y, y, y…”.

Por ejemplo: “toda la familia se reunió para la cena de Navidad y Pedro dominó su nuevo juego en la computadora antes de que terminara la noche”. “Ganó el equipo de Jockey y Carlos hizo su mejor esfuerzo durante todo el juego”. “Luisa es la reina del regreso a clases ¡y se va a ver preciosa con su vestido de reina!”.

El hecho es que “pero” hace que uno se sienta mal, mientras que “y”, hace que uno se sienta bien. Y cuando se trata de nuestros hijos, definitivamente hay que hacerlos sentir bien. Cuando se sienten bien consigo mismos y con lo que hacen, continúan mejorando su confianza en sí mismos, sus juiciosa y su relación armónica con otros. Cuando se restringe o menosprecia todo lo que dicen, piensan o hacen, de alguna manera su alegría se amarga y su ira aumenta y pronto modelan lo que piensan en su más profundo sentir.

Esto no quiere decir que los niños no necesiten o no deban responder a las expectativas de los padres. Ellos necesitan y deben responder, sin importar si éstas expectativas son buenas o son malas. Cuando las expectativas son siempre claras y positivas y luego se les expresan, enseñan y se les da el ejemplo, suceden cosas maravillosas. “Veo que cometiste un error, y sé que eres lo bastante inteligente como para imaginar lo que hiciste mal y tomar una mejor decisión la próxima vez”. O: “Has pasado horas en ese proyecto y me encantaría que me lo explicaras”. O: “Trabajamos duro para tener dinero y sé que puedes ayudar a encontrar una forma de pagar lo que quieres”.

No basta con decirles a nuestros hijos que los amamos.

En una época en que la frustración ha aumentado ferozmente, ya no nos podemos permitir expresar nuestro amor a cuentagotas.

Si queremos disminuir la violencia en nuestra sociedad, tendremos que aumentar nuestra capacidad de observación, encomio, guía y participación en lo que están bien nuestros hijos.

“¡No más peros!” es una fuerte y clara llamada a la alegría, es asimismo un desafío, la nueva oportunidad que tenemos cada día ante nosotros para prestar atención a lo que es bueno y promisorio para nuestros hijos y para creer con todo nuestro corazón que ellos con el tiempo serán capaces de ver lo mismo en nosotros y en las peruanas con quienes finalmente vivirán, trabajarán y servirán.

Y si yo alguna vez lo olvido, tengo la nota de mi madre que me lo recuerda.

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