Clásicos gerenciales
Lo más valioso que tienes…
Juan Carlos Caramés / jcarames@cantv.net
Un pescador va todas las noches hasta la playa para lanzar su red. Sabe que cuando el sol sale, los peces vienen a la playa a comer almejas, por eso siempre coloca su red antes de que amanezca. Tiene una casita en la playa, y baja muy de noche con la red al hombro. Con los pies descalzos y la red medio desplegada entra al agua.
Una noche cuando está entrando siente que su pie golpea contra algo muy duro en el fondo. Toca y ve que es como unas piedras envueltas en una bolsa.
Le da coraje y piensa “quién es el tarado que lanza estas cosas en mi playa”. Se agacha, agarra la bolsa y la saca del agua. La deja en la orilla y se mete con la red adentro del agua.
Está todo muy oscuro, y quizá por eso, cuando vuelve, otra vez se lleva por delante la bolsa con las piedras, ahora en la playa.
Y piensa “otra vez me la llevé por delante, que tonto soy”.
Se agacha, recoge la bolsa, la abre y tantea. Hay unas cuantas piedras, sin forma definida, pero redondeadas.
El pescador vuelve a pensar “quién será el idiota que embolsa piedras para tirarlas al agua”. Instintivamente toma una, la sopesa en sus manos y la arroja al mar. Unos segundos después siente el ruido de la piedra que se hunde a los lejos, ¡plun!
Entonces mete la mano otra vez y tira otra piedra. Nuevamente escucha ¡plun! Y luego lanza dos a la vez y siente ¡plun, plaf, plas! Se entretiene, escuchando los diferentes sonidos, calculando el tiempo y probando de a dos, de a una, a ojos cerrados. Lanza y lanza las piedras al mar, hasta que el sol empieza a salir.
El pescador palpa y nota que queda una sola piedra adentro de la bolsa. Entonces se prepara para lanzarla más lejos que las demás, era la última y comenzaba a salir el espectacular sol.
Y cuando estaba estirando el brazo hacia atrás para darle fuerza al lanzamiento, el sol empieza a alumbrar y él ve que en la piedra hay un brillo dorado y metálico que le llama la atención.
El pescador detiene el impulso para arrojarla y la mira. La piedra refleja el sol entre el moho que la recubre. El hombre la frota como si fuera una manzana, contra su ropa, y la piedra empieza a brillar más todavía. Asombrado la toca y se da cuenta de que es metálica. Entonces empieza a frotarla y a limpiarla con arena y con su camisa, y se da cuenta de que la piedra es de oro puro. Una piedra de oro macizo del tamaño de una pequeña mandarina.
Su alegría se borra cuando piensa que esta piedra es seguramente igual a las otras que había lanzado. Y piensa “qué tonto he sido”.
Tuvo entre sus manos una bolsa llena de piedras de oro y las fue lanzando fascinado al fondo del mar, por el sonido que éstas hacían al entrar al agua. Y empieza a lamentarse y a llorar y a dolerse por las piedras perdidas y piensa que es un desgraciado, que es un pobre tipo, un idiota…
Y comienza a pensar qué pasaría si consiguiera un traje de buzo y si fuera por debajo del mar, si fuera de día, si trajera un equipo de buzos para buscarlas, si tuviera un detector de metales acuático, y llora más todavía mientras se lamenta a los gritos.
El sol termina de salir.
Y él se da cuenta de que todavía tiene la piedra, se da cuenta de que el sol podría haber tardado un segundo más o él podría haber lanzado la piedra más rápido, de que podría no haberse enterado nunca del tesoro que tiene entre las manos.
Se da cuenta finalmente de que tiene un tesoro, y de que este tesoro es en sí mismo una fortuna enorme para un pescador como él.
Y se da cuenta de la suerte que significa poder tener el tesoro que todavía tiene.
Esta historia tomada del anonimato de la humanidad encierra pequeños significados importantes de destacar.
Ojalá podamos ser sabios para no llorar por aquellas piedras que quizá desprevenidamente desperdiciamos, por aquellas cosas que el mar se llevó y tapó y podamos, de verdad, prepararnos para ver el brillo de las piedras que tenemos y disfrutar en el presente eterno de cada una de ellas.
Decía William Shakespeare, “El pesar oculto, como un horno cerrado, quema el corazón hasta reducirlo a cenizas”.
Vive en la máxima intensidad cada tesoro momento que te da la vida. Tú eres el mago de tu existencia. Eres el encargado de definir el tipo de valor e intensidad que darás a cada experiencia. Recuerda, desde que nacemos comenzamos a morir. ¿Vale la pena entonces, tantas veces, invertir tanto tiempo a las cosas que no podemos cambiar?
Sólo hay 3 cosas que no vuelven atrás: la palabra emitida, la flecha lanzada y la oportunidad perdida.
Anónimo
No hay comentarios:
Publicar un comentario