domingo, 27 de septiembre de 2009

Clasico Gerenciales VIII

Clásico Gerenciales
Un final que nunca pasará de moda


Juan Carlos Caramés / jcarames@cantv.net

Había una vez una isla donde habitaban todas las emociones y todos los sentimientos humanos que existían. Convivían, por supuesto, el Temor, el Odio, la Sabiduría, el Amor y la Angustia. Todos estaban ahí.

Un día, el Conocimiento reunió a los habitantes de la isla y les dijo: “Tengo una mala noticia que darles: la isla se hunde”. Todas las emociones que vivían en la isla dijeron: “¡No, cómo puede ser! ¡Si nosotros vivimos aquí desde siempre!”.

El Conocimiento repitió: “La isla se hunde, y no estoy equivocado. Si les digo que se hunde, es porque se hunde”.

¿Pero qué vamos hacer ahora?, preguntaron los demás. Entonces, el Conocimiento contestó: “Bueno, hagan lo que quieran pero yo les sugiero que busquen la manera de dejar la isla… hagan un barco, un bote, una balsa o algo. Todo lo que ven desaparecerá.

¿No podrías ayudarnos?, preguntaron todos. No, dijo el Conocimiento. La Previsión y yo hemos construido un avión y en cuanto termine de decirles esto volaremos hasta la isla más cercana. Las emociones dijeron: “¡No! ¡Pero no! ¿Y nosotros?

Dicho esto, el Conocimiento se subió al avión con su socia y llevando como polizón al Miedo, que como no es tonto ya se había escondido en el avión, dejaron la isla.

Todas las emociones se dedicaron a construir un bote, un barco, un velero, todos, salvo el Amor. El Amor estaba tan relacionado con cada cosa de la isla que dijo: “Dejar esta isla… después de todo lo que viví aquí… ¿Cómo podría yo dejar este arbolito, por ejemplo…? Ah… compartimos tantas cosas”. Y mientras cada uno se dedicaba a construir una manera de irse, el Amor se subió a un árbol, olió cada rosa, se fue hasta la playa y se revolcó en la arena como solía hacerlo en otros tiempos, tocó cada piedra… y quiso pensar con esta ingenuidad que tiene el Amor: “Quizá se hunda un ratito y después…”

Pero la isla se hundía cada vez más.

Sin embargo, el Amor no podía pensar en construir, porque estaba tan dolorido que sólo podía llorar y gemir por lo que perdería. Y otra vez tocó las piedritas, y otra vez se arrastró en la arena y otra vez se mojó los piecitos.

“Después de tantas cosas que pasamos juntos…, le dijo a la isla. Y la isla se hundió un poco más. Hasta que, finalmente, de ella sólo quedó un pedacito. El resto había sido cubierto por el agua. Hasta ese momento el Amor se dio cuenta de que la isla se estaba hundiendo de verdad y comprendió que si no conseguía irse, desaparecería para siempre de la faz de la tierra. Así que entre charcos se dirigió a la bahía, que era la parte más alta de la isla. Fue con la esperanza de ver desde allí a alguno de sus compañeros y pedirles que lo llevaran. Buscando en el mar vio venir el barco de la Riqueza y le hizo señas y la Riqueza se acercó un poquito a la bahía. Riqueza, tú que tienes un barco tan grande, ¿no me llevarías hasta la isla vecina? Esta le contestó: “Estoy tan cargada de dinero y joyas que no tengo lugar para ti. Lo siento y siguió su camino sin mirar atrás.

El Amor se quedó mirando, y vio venir a la Vanidad en un barco hermoso, lleno de adornos, mármoles y muchas cosas que llamaban la atención. El Amor le gritó: “Vanidad, Vanidad, llévame contigo”.

La Vanidad miró al Amor y le dijo: “Me encantaría llevarte, pero tienes un aspecto… ¡estás tan desagradable, sucio y desaliñado… perdón, afearías mi barco!, y se fue”.

El Amor estaba sin esperanza, cuando vio acercarse a la Tristeza. El Amor le dijo: “Tristeza, hermana, tú que me conoces tanto, tú sí me vas a llevar ¿verdad? Y ésta contestó: “Yo te llevaría, pero estoy tan triste que prefiero seguir sola”. Y sin decir más, se alejó.

El Amor, pobrecito, se dio cuenta de que por haberse quedado ligado a estas cosas que tanto amaba iba a hundirse en el mar hasta desaparecer. Y el Amor se sentó en el último pedacito que quedaba de su isla a esperar el final… Cuando de pronto, escuchó que alguien lo chistaba: “Chst, chst, chst…”

Era un viejo que le hacía señas desde un bote de remos.

El Amor dijo: ¿A mí?

Sí, sí… dijo el viejo, a ti. Ven conmigo, yo te salvo. El Amor lo miró y dijo: “Mira, lo que pasó fue que me quedé…”

Yo entiendo, dijo el viejo sin dejarlo terminar. Súbete, yo te voy a salvar.

El Amor subió al bote y empezaron a remar para alejarse de la isla que, en efecto, terminó de hundirse unos minutos después y desapareció para siempre. Cuando llegaron a la otra isla, El Amor comprendió que seguía vivo, que iba a seguir existiendo gracias a este viejito, que sin decir una palabra se había ido tan misteriosamente como había aparecido. Entonces, el Amor se cruzó con la Sabiduría y le dijo: “Yo no lo conozco y él me salvó, ¿cómo puede ser? Todos los demás no comprendían que me quedara, él me ayudó y yo ni siquiera sé quién es…”

La Sabiduría lo miró a los ojos y dijo:

“Él es el Tiempo”.

“Y el Tiempo, Amor, es el único que puede ayudarte cuando el dolor de una pérdida te hace creer que no puedes seguir”.

Nunca olvides… Cada día que empieza es en realidad la historia de la pérdida de mi día anterior, porque no soy el que era ayer. Es importante registrar qué ganancia es el resultado de aquella pérdida. Pero para esto tengo que poder soltar. Aferrado al recuerdo de mantener y sostener aquello que yo era, entonces no va a haber ninguna posibilidad de ganar y quizá ni siquiera de llegar a ser.

Estamos aquí para seguir adelante y olvidar, gozando el presente.

Si de noche lloras porque el sol no está, las lágrimas te impedirán ver las estrellas.

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